Bilbao, 1959.
Vive y trabaja en
Bilbao.
Con unas aptitudes
innatas para el dibujo, Javier Riaño desarrolla sus cualidades
artísticas de una forma totalmente vocacional. El desarrollo del
dibujo es una de las cuestiones fundamentales en la evolución
de su trabajo. Sus pinturas reflejan la comprensión del espacio
en gran cantidad de dibujos monocromos que luego transforma en
cuadros. Riaño plantea la búsqueda de sensaciones y de partes
de misterio que aparecen inscritas en las zonas ocultas de las
arquitecturas y en los espacios que permanecen en penumbra. Desde
1998 dirige la gestión artística del Centro Bilbao Arte en Bilbao.
A partir de la exposición
de la serie “Rocas”, mostrada en el 2004 en la galería
de Juan Manuel Lumbreras de Bilbao, se produce una ruptura en
su pintura. La renuncia del color y el uso de una gama cromática
austera y básica son sus señas de identidad desde esos momentos.
De este modo potencia las formas, los contrastes de luz, los reflejos,
la sobriedad y la rotundidad de los ambientes, generalmente interiores
de edificios que, en sus últimos trabajos de bosteko 06, se refieren
al interior de piscinas.
Riaño
buscaba un nuevo camino y lo encontró dibujando al natural en
la rocosa costa de Armintza (Vizcaya) y descubriendo texturas
desconocidas al pintar unas formas más abstractas que los bocetos
por el revés de los lienzos, sobre la tela sin preparar. Una serie
de pinturas sobre esas telas vírgenes, en un formato cuadrado
de un metro de lado y utilizando sólo el negro, formarán en la
galería un gran panel. En el resto de la exposición aparecerá
el color para mostrar composiciones en las que se suceden más
piedras y rocas desnudas, sin conexión alguna con los paisajes
de parques y las arquitecturas que pintaba hasta ahora.
"Soy
pintor, no ninguna otra cosa", afirma. "Creo que se
está abusando de la palabra artista. Yo ni siquiera se qué significa
ser artista. ¿Se trata de vivir de la pintura?"
Riaño
explica que no hay ni una pincelada en toda la exposición que
recoge su obra más reciente. "He trabajado llevando la pintura
al lienzo con esponja, con trapos o pintando directamente de la
barra de color", explica. "Otros artistas lo han hecho,
pero para mí ha sido un descubrimiento pintar así".
Antes
cuidaba cada detalle del cuadro y trabajaba lentamente, con minuciosidad.
Ahora se deja llevar por la sensación de plasmar el color en grandes
manchas, que sugieren fragmentos de un paisaje rocoso o los cantos
rodados a la orilla de un río. "Ha sido como quitarme el
peso de la pintura figurativa y ha resultado que me gusta muchísimo.
He disfrutado con estos cuadros más que en toda mi vida",
indica.
Riaño
sigue pintando para disfrutar manchándose las manos en su estudio
cuando acaba la jornada de trabajo en la dirección de Bilbao arte,
pero ha abandonado el grabado, al que tanto esfuerzo dedicó en
el pasado. "Pintar estos cuadros es una liberación, pero
el grabado lo tengo aparcado; hay que pensarlo mucho, es un proceso
muy elaborado, que requiere algo que no estoy dispuesto a darle:
el tiempo", reconoce.